Claro que llegaremos al nuevo ciclo electoral 2025-2026. La cuestión está en las fisuras, el agotamiento, la incertidumbre. Para empezar, hay que navegar el cortísimo plazo: cerrar el agitado 2023. Luego de la puesta en escena divisoria en el MAS-IPSP, todavía irresuelta, viene la disputa por las directivas camarales. Y también la carrera de obstáculos para aprobar contratos, nuevos créditos, presupuesto. Difícil escenario para un gobierno hoy minoritario en la Asamblea.
Hasta ahí todo previsible, con riesgo de bloqueo y parálisis decisoria. Lo nebuloso corre por cuenta del TCP, ese suprapoder. Antes de fin de año, los actuales magistrados deben urdir un artificio para prorrogar su mandato (extensivo a la CSJ). De manual: “Mientras la ALP no convoque a las elecciones judiciales, estamos obligados a permanecer en el cargo”. Etcétera. Y en el mejor escenario, siempre descartable, habría comicios recién en junio de 2024.
Pero lo crítico es la probable sentencia constitucional sobre la reelección presidencial. En lógica de transacción, el TCP podría determinar que la CPE, al amparo de la opinión consultiva de la CIDH, prohíbe la reelección discontinua. Para ello se requiere una interpretación tan o más retorcida que la de 2017, cuando sentenciaron que la reelección indefinida es un derecho humano. Evo quedaría fuera de la candidatura. Quizás lo lancen el día de los santos inocentes.
Y llegará el 2024, año del censo. El 23 de marzo, entre el mar, la sequía y la hoguera, se hará el operativo para saber cuántos somos y cómo vivimos. Hay que celebrarlo. El problema, en septiembre, será la conversión de los datos en recursos y en escaños. La palabra redistribución es simpática, hasta que toca asumir que algunos pierden. Quizás estén en curso las elecciones primarias, ojalá competitivas. Y habrá renovada guerra sucia contra el padrón electoral.
Así arribaremos al 2025: año del bicentenario, señorías, año electoral. Si se mantiene el “bicicleteo” y no hemos pasado a un escenario de crisis económica, la disputa política concentrará la agenda y la conversación pública. ¿Cuántos candidatos, cuáles, saldrán del escindido MAS-IPSP? ¿Y en el fragmentado campo de la oposición? La premisa para ir a las urnas en julio es que se preserve la institucionalidad electoral. Y haya un acuerdo para respetar los resultados.
¿Y para cuándo el debate sobre proyectos de país? Más allá de las ofertas electorales, ¿cómo alentamos un proceso (pos)constituyente? Aparte de garantizar el voto, ¿qué democracias estamos construyendo? Además de gestionar la liquidez, ¿cuál es nuestro modelo de alternativa al desarrollo? Necesitamos, otra vez, escenarios de largo plazo.
FadoCracia iracunda
1. Cómo estaremos de mal, humanidad, si puedes perpetrar libremente un genocidio en nombre del “derecho a la legítima defensa”. Es como si un criminal te asaltara con extrema violencia y, en defensa propia, destruyes todo el barrio. 2. Mal, tan mal, que haces pasar por “guerra” el exterminio de un pueblo ocupado en régimen de Apartheid. 3. Es una tragedia cuando, con total impunidad, declaras al otro “horrible e inhumano animal”. Y lo destruyes. 4. Fatal cuando en pleno siglo XXI, cachivache, te proclamas “pueblo elegido por Dios” y arrasas con los “no elegidos”. 5. Todo con el silencio y la complicidad del mundo libre y civilizado: maten, ya, pero con “pausas humanitarias” (sic). 6. O peor: hagamos una conferencia de paz… ¡dentro de seis meses! Solo quedarán escombros y cadáveres. 7. Toca gritar con la activista palestina Rafeef Ziadah: “Permítanme hablar en mi lengua árabe antes de que también ocupen mi lenguaje / Soy una mujer árabe de color y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira / Ten cuidado, ten cuidado. Esta mujer que hay dentro de mí, solo te traerá tu próxima rebelde”. Resistimos.
José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.







