Como pocas, las pasadas elecciones generales en Argentina concitaron la atención generalizada de buena parte de la población boliviana. Es comprensible, se trata de un país vecino con el que compartimos amplia historia, frontera y cotidianidad. Pero además de ello, es seguro que, en esta ocasión, tuvo mucho que ver el “fenómeno” Milei que captó la atención del continente en esta contienda que aún deberá definirse en las semanas siguientes.
La atención volcada en este proceso electoral permitió que durante los días cercanos a la votación se barajara la duda respecto a cuán posible es que Bolivia esté cultivando lentamente alguien con un perfil similar. La disponibilidad cultural para la ocurrencia de radicalismos, autoritarismos o fundamentalismos es algo que se construye en un proceso continuo y, digámoslo así, por goteo (ese goteo que horada la piedra). No se trata pues de un fenómeno que surge de un día para el otro; aunque a veces diera la apariencia de que quienes los terminan liderando así aparecieran en la agenda política y mediática. De ahí, una fortaleza/riesgo de estos sucesos: la baja imprevisibilidad de su emergencia.
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Durante la jornada de votación en Argentina, el politólogo Mario Riorda explicaba los resultados preliminares mediante el clivaje voto miedo versus voto ira. Así, el voto ira representaba la toma de decisión electoral teniendo como eje movilizador la bronca contra el establishment. Y el voto miedo, se entendería como el voto dispuesto a aceptar con resignación lo tradicional entendido como el mal menor ante la radicalidad de lo disruptivo. Estas metáforas son útiles porque reflejan bastante bien la cualidad emocional que hoy contienen las decisiones electorales, lo que se conoce como política emocional: una política que genera grandes expectativas, tiene poco margen concreto de acción y, sobre todo, emociona antes que politizar.
En el caso boliviano, el escenario político institucional por el que atraviesa el Estado empieza a desbordar anomalías. En lo que respecta al Órgano Legislativo, la irresponsabilidad de transformar la Asamblea Legislativa Plurinacional en escenario de bloqueo político (en clave de sabotaje) pone en riesgo no solo su institucionalidad democrática, sino que también se constituye en una apuesta que puede arrastrar al límite la emocionalidad de la población votante en Bolivia.
Un breve recuento. A la fecha, lo único que existe en torno a las elecciones judiciales es incertidumbre sobre su realización, no tenemos un presupuesto general que nos dé certeza institucional en el año que empieza en dos meses, tenemos una Asamblea con funciones cercenadas y no tenemos pistas de si en los venideros cinco días tendremos directivas camarales que tengan instancias que funcionen (como es el caso de la Comisión de Ética). Para sumarle al escenario anómalo, las pocas voces que empiezan a hipotetizar sobre un descalabro institucional (adelantamiento de elecciones) vienen precisamente desde voces directivas de esta instancia.
De continuar (o aumentar) la ingobernabilidad legislativa, lo previsible es que las consecuencias empiecen a sentirse en la población y, en consecuencia, lo que hasta hoy es cansancio respecto a la política se convierta en ira contra quienes la encarnan. Esto es un escenario fértil para la emergencia de estas apuestas absolutistas que usan la política para acabar con ella. Es decir, un escenario futuro en el que la certidumbre y la esperanza en torno a la política sean un privilegio.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka







