Los helicópteros militares volaban muy bajo sobre los interminables campos verdes del este de Ucrania. El destino: Mariupol, una ciudad del Mar de Azov, vecina del Mar Negro. La razón para volar bajo era evitar los radares rusos al acercarnos a esta ciudad, situada a pocos kilómetros de la línea del frente entre las tropas ucranianas y rusas.
Corría el año 2017 y visitamos un pueblo fantasma en las afueras de Mariupol, abandonado por sus habitantes a causa de bombardeos rusos. Pero eso solo nos dio una pequeña idea de lo que habían vivido las personas que tuvieron que huir. Nada podía prepararlas, ni a nosotros, para lo que ocurriría cinco años después, cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero de 2022, incumpliendo no solo sus propias promesas, sino también los tratados pasados con Ucrania y la Carta de las Naciones Unidas.
Las excusas para su invasión militar son tan numerosas, como absurdas: Rusia alega que a los ucranianos no se les permitía hablar ruso y que no existía algo tal como una nación ucraniana. La lengua materna de los habitantes de Mariupol era el ruso. Podían hablar y utilizar su lengua, por supuesto. Pero el hecho de que su lengua materna fuera el ruso no significaba que se sintieran rusos o que quisieran vivir bajo el dominio autoritario ruso. ¿O cree alguien que yo debo sentirme alemán porque mi lengua materna es el alemán? Soy austriaco, me siento austriaco y no alemán.
Ucrania había elegido a un Presidente —por cierto, rusoparlante— con 73 % de los votos en elecciones libres y justas en 2019. Él no es nazi y no dirige un gobierno nazi. Difícil ser nazi si eres judío y más si tu familia ha sido masacrada en el Holocausto.
¿Estaba la OTAN amenazando? El país más grande de la Tierra se sentía amenazado porque dos diminutos Estados bálticos limitaban con él; tras las amenazas de Rusia contra Finlandia y Suecia, estos dos países decidieron unirse a la alianza de defensa OTAN. Pero incluso después de la adhesión de Finlandia, solo 11% de la frontera terrestre de Rusia es compartida con países de la OTAN.
Hoy, la Mariupol que visité ya no existe. Su población rusoparlante fue masacrada por el ejército ruso y la ciudad arrasada. Compruébelo usted mismo viendo el documental 20 días en Mariupol (https://larazon.bo//20daysinmariupol.com/#trailer), nominado a Mejor Documental de los Premios Oscar 2024.
Mariupol es un ejemplo de los crímenes cometidos por Rusia en Ucrania. Aquel país sigue atacando deliberadamente a la población civil de éste, enviando drones y disparando misiles contra edificios de apartamentos, hospitales, escuelas, restaurantes, estaciones de tren e infraestructura energética, matando cada día a las familias mientras duermen. Una comisión de la ONU confirmó que se habían cometido crímenes de guerra, «incluidas ejecuciones, torturas, malos tratos, y violencia sexual y de género». La edad de las víctimas de este último delito oscila entre los cuatro y los 82 años. Se estima que 16.000 niños han sido llevados a Rusia.
Nadie quiere la paz más que Ucrania. Pero Rusia no está dispuesta a negociar de buena voluntad. Debemos entender a Rusia como lo que es: una potencia autoritaria que dirige una guerra imperialista contra un vecino pacífico.
La UE está al lado de Ucrania, con apoyo financiero, humanitario, económico, diplomático y militar sin precedentes, y lo seguirá estando mientras haga falta. No se trata de una «guerra europea». Esta guerra tiene efectos en todo el mundo y ha generado crisis alimentaria y energética.
Otras potencias agresoras podrían tener la tentación de seguir el modelo ruso. Nuestro interés compartido es que la agresión rusa no prospere. No queremos vivir, en nuestros territorios, lo que el valiente pueblo de Mariupol tuvo que soportar en el suyo.
Michael Dóczy es embajador de la Unión Europea en Bolivia.







