¿Líder de gobierno o agitador político? Cuál es la característica que define a Milei, una interrogante que no surge de una confusión, sino de la observación al libertario en sus presentaciones públicas dentro y fuera de su país.
En la campaña electoral impuso su estilo: descalificación con adjetivos al oponente y exaltar sus frases anti-Estado, ultracapitalistas, machistas, racistas, xenófobas, antiderechos.
Consulte: Insubordinación militar, campanada de golpe
Ideológicamente es de extrema derecha, la narrativa discursiva describe lo que piensa y refleja la forma de crear relaciones con el entorno político, mediático, académico, empresarial, social que le es afín y opuesto a él.
Es el outsider para las derechas y el “enviado” para las extremas derechas, es lo que necesitaban en tiempos de vaciamiento ideológico, no para proponer un ideal político alternativo a la izquierda o la derecha, sino para agitar el campo político generacional que no está cautivado por la izquierda y no se siente representado por la derecha institucionalista, para impulsar sentimientos individuales y colectivos que exaltan la violencia como forma “legal” de manifestación social.
El enemigo es el estado de situación, pero personificado ideológicamente en quienes dirigieron el gobierno las dos últimas décadas, es decir no es una crítica a la situación económica, sino una interpelación a las nuevas generaciones poniendo como enemigo de su situación a la izquierda, son pasos similares a los que dio el fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler previos a tomar el control absoluto del Estado.
Como identifican materialmente a la izquierda no es a partir del precepto ideológico, sino de los dispositivos sociales, descalifican al Estado, desde el keynesianismo posguerra hasta la versión neoliberal con cierto acento social del Estado, reducen al Estado a ser institución de orden vertical que cuide el capital, exaltan la familia religiosa patriarcal, declaran enemigo de su forma de vida a la ideología de género, el racismo y xenofobia como forma absoluta y natural de superioridad, consideran que los derechos sociales son concesiones del Estado que atentan al capital, rechazan los derechos LGTBI porque alteran al género humano
Para Milei todo lo que es derechos es de izquierda y comunismo, sin mayor fundamentación o explicación que la adjetivación y la descalificación.
Insultó a los presidentes de México, López Obrador, Sánchez de España y a su esposa, Petro de Colombia, Lula de Brasil, Xi Jinping de China, al papa Francisco, aplaude la masacre y genocidio del gobierno sionista israelí contra el pueblo palestino, se siente identificado con el nazismo del presidente ucraniano Zelenski, en el último atentado se solidarizó de pasada con el expresidente Trump y culpó del hecho sin mayor argumento a la “izquierda y al comunismo”.
El eslogan que utiliza reiterativamente cuando concluye sus intervenciones en los diferentes foros de extrema derecha: en EEUU donde participó Trump, en España con Vox, en Brasil con Bolsonaro es “viva la libertad, carajo”, no lo utiliza como frase de autoidentificación sino como la consigna que exalta las pasiones negativas y vengativas de los participante y oyentes.
Ayer era un político que estaba en los medios de comunicación criticando y descalificando a los peronistas y macristas, los definía como la “casta que vive y se enriquece en el gobierno,” hoy es el político/presidente que cogobierna con una parte de la casta que hasta ayer descalificaba, pero tiene el mismo comportamiento, de agitador ahora como presidente.
No es un estilo de gobernar, es la forma de crear atención hacia él, no brilla por lo que propone, sino por el sensacionalismo de lo que dice, en el corto tiempo los hilos invisibles del poder y del márquetin crearan la falsa idea de “mileinismo”, como el referente regional del sur junto a “bolsonarismo” para darle sentido a su sin-razón.
No buscan votos, sino adherentes fanáticos, motivados por varios factores que no necesariamente son comunes, pero la imagen del mensajero —Milei o Bolsonaro— genera comunión forzada de esas identidades dispersas contra el enemigo identificado a destruir.
La razón está en la motivación negativa, por ello lo que buscan es generar movimientos reactivos y violentos que aplaudan y vitoreen en el corto tiempo cualquier acción propia de la extrema derecha como “justa y necesaria”.
El agitador cumple su rol, ahora desde otra palestra y su público está cautivado, porque ya no habla el político, sino el presidente.
(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda







