Desde el primer día de julio se respira un aire cargado de orgullo paceño, qué lindo es admirar la ciudad desde el mirador de Killi Killi, recordando que el fuego de la libertad es la herencia que los revolucionarios de 1809 nos heredaron, incluso la historia nos enseña que la imágen de la Virgen del Carmen estuvo detenida junto a Pedro Domingo Murillo, en medio de la revuelta, con una sonrisa recordamos tanto afán para salir del yugo español.
Hoy en día, ¿cómo interpretamos “la tea que hoy dejo encendida nadie la podrá apagar”? Los paceños somos revolucionarios por naturaleza y estamos acostumbrados a vivir, trabajar bajo presión psicológica continua e incluso, resistir episodios sui generis; siempre relacionados con el poder político, aunque a veces esos episodios parezcan guiones de radionovela.
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Al observar la ciudad recordamos con añoranza que Chuquiago Marka fue una de las ciudades maravillosas del mundo. Como diría la letra de una morenada famosa: “hasta el campeón del mundo ha caído en La Paz”. Somos una ciudad diversa, quien la conoce sabe que tenía un movimiento económico, basado en los servicios, emprendimientos y el comercio.
Somos una ciudad llena de mística, cultura e historia, tenemos emblemas como nuestros nevados, la chola paceña, la exquisita gastronomía; tenemos trenes en el cielo y un Puma que ha generado identidad. Qué lindo es ser paceño, nuestro corazón funciona con mucha altura.
Hemos sabido afrontar duelos y desafíos que nos han hecho resilientes, la historia nos enseñó a levantarnos de la riada de 2002, de los deslizamientos y de los infaltables conflictos sociales. Es que el paceño es como el ave fénix, sabe cómo volver a reconstruir y redescubrir cada vez el orgullo de ser chukuta.
Hemos aprendido a construir una ciudad debajo de la misma ciudad, aprendimos a ser ciudadanos ejemplares con nuestras cebritas, llevamos la cultura ciudadana hasta en el transporte público para practicar la cordialidad; qué linda es la ciudad, pero penosamente hoy ya no tenemos nada nuevo que genere identidad.
Es urgente que los ciudadanos aprendamos a escuchar a la ciudad, porque nos esta hablando a gritos, nos está diciendo que no está bien y se encuentra relegada, nos pide ayuda para volver a ser líder. Es poco el rastro que queda de esa ciudad que marcaba la agenda política urbana, técnica de desarrollo social, económico y cultural; ya no es ciudad maravilla, y cada día el paisaje urbanístico está obstruido por el desorden, el caos y ni hablar del patrimonio histórico tangible, está en peligro de extinción por la impericia, está en riesgo de muerte por lo que algunos denominan “costo ciudad’.
Cumplimos 215 años del grito libertario de forma irresponsable destruyendo la ciudad, hoy ya nada nos enseña a comprometernos con el desarrollo sostenible, nada nos genera identidad, menos orgullo paceño.
Podríamos entonces afirmar que la libertad, hoy por hoy, refiere a que la ciudad esta secuestrada en ambigüedades que impiden su desarrollo integral con visión, misión, y objetivos, ya que sin esa planificación nos dirigimos a un urbicidio (muerte de la ciudad), que en palabras de Fernando Carreón (FLACSO) es la acción de interpretar los procesos de destrucción que ocurren en las ciudades.
¿Cómo frenar aquello? Dejando de ser irresponsables. A estas alturas ya deberíamos saber que “lo que sea es mejor, antes que el otro que no me cae”, es un criterio subjetivo que destruye.
Los ciudadanos somos los únicos responsables de delegar un mandato a las autoridades que elegimos en sufragio, si los ciudadanos actuamos de forma irresponsable, no estamos construyendo, es urgente formar un criterio responsable sobre propuestas electorales que mejoren la ciudad; esta acción es elegir de forma objetiva, porque el perjuicio que podemos ocasionar por la subjetividad genera postergación, ello convierte al ciudadano en el principal responsable y cuando se aplica el “tarde se dieron cuenta”, lastimosamente su descontento solo se expresa con críticas en redes sociales, ello no remedia nada.
En los 215 años de gesta libertaria, ojalá los paceños podamos regalarle a esta ciudad y al país conciencia, compromiso, sostenibilidad y responsabilidad, para evitar que estos secuestros se vuelvan a producir, apagando nuestro orgullo paceño e impidiendo el desarrollo del legado de libertad que nos han dejado los revolucionarios de 1809.
(*) C. Melody Jiménez López es abogada constitucionalista, experta en gestión de política pública y desarrollo sostenible. (Una paceñita camote de su La Paz).







