Los edificios son un reflejo de lo que sucede en cualquier sociedad. Por un lado, están aquellos condominios donde nada está reglamentado y por lo tanto cada quien debe resolver los problemas como mejor pueda, por ejemplo está el tema de seguridad, si no hay portero aumentan los peligros de robo, de ataques, etc. Igualmente, la ausencia de cámaras imposibilita controlar la entrada de extraños, de ver al que ingresa y causa destrozos. Si no hay administrador, nadie cobra ni reparte las expensas, el edificio se deteriora y baja su valor comercial. Si no hay directiva nadie vigila la más mínima convivencia, las relaciones se deterioran día a día, terminan por establecerse bandos que no pueden dialogar entre sí, menos encontrar soluciones a los problemas que se presentan.
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Por otro lado, hay edificios, aunque sea difícil de creer, que han encontrado consenso para un reglamento, pagar unas expensas que les permitan mantener el edificio en condiciones de habitabilidad, lo que hace posible que las relaciones no se deterioren, que se eviten las peleas domésticas de un piso al otro que suelen ocasionarse por filtraciones en los baños o el área de la cocina, que no se abuse con ruidos molestos o fiestas con la música a todo volumen en horas de descanso, que las mascotas no se paseen por los pasillos para dejar sus “gracias” en las puertas de los vecinos. Que existen este tipo de viviendas múltiples, existen.
Por supuesto que hablar de esa convivencia idílica se debe conseguir en el 10% de las viviendas multifamiliares. No hay edificio donde a pesar de la buena administración, de la admirable directiva, del estupendo estatuto, esté la presencia del vecino gruñón que no saluda, con el que nadie quiere toparse en el ascensor. O el que siempre arguye cientos de pretextos y no paga las expensas desde hace años y ve crecer su deuda, sin que esto le inhiba reclamar cuando un foco está quemado en su pasillo.
Sin embargo, de todo lo citado en el anterior párrafo, tener estatutos, portero, administrador y una directiva ayuda a la buena convivencia. Evita que se comentan abusos, que los problemas de deterioro se queden sin solucionar y que existan mediadores en los conflictos que de uno u otro modo se presentan entre las personas que deben compartir un mismo espacio a pesar de las paredes o pisos que las separen. La clave son las reglas claras, los consensos mínimos, aunque siempre existan desacuerdos y ante todo que prime el bien común trabajando cotidianamente para que se entienda que cada quien tiene derechos, pero el otro también.
(*) Lucía Sauma es periodista







