Cuando se inventó la imprenta de tipos móviles en los tiempos de Gutenberg, a mediados del siglo XV, para no ser censurado por la Santa Inquisición y no ser considerado su invento como diabólico, tuvo la genial idea de que el primer libro impreso sea la Santa Biblia, que también llego a llamarse la Biblia de 42 líneas (impresas en cada página). Fue un invento notable, pues no solo cambió la técnica de producción de libros, sino que difundió y democratizó el conocimiento en el mundo, el acceso al saber.
Cinco siglos y 70 años después, la pandemia del COVID-19 y el brutal encierro mundial parece que marcaron un punto de inflexión en la producción impresa y en la distribución de los libros, pero especialmente en los medios de prensa escrita. Si bien proliferaron la producción de libros digitales y los medios de comunicación digitales, el placer de leer un libro impreso, ojearlo, rayarlo, doblar la esquina de la página o dormirse con él, es irremplazable incluso para matar arañas.
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Lo mismo me ocurría con el periódico que llegaba en la mañana, con olor a imprenta, para leerlo en la cama con el desayuno, abrir sus páginas todavía pegadas y los domingos ordenar bien lo que son suplementos de lo que son propagandas pagadas, avisos comerciales y en particular las notas necrológicas de amigos cercanos que nos decían que estábamos en la lista de espera. Me acuerdo de las fotos que enviaba Rodolfo Eróstegui con los periódicos del domingo: los dos, La Razón y Página Siete, en la entrada de su casa.
Me saltaba a veces el deportivo para leer la columna de opinión con mucho interés, para fijarme no solo del contenido sino también del estilo y la forma de escribir y comunicar ideas. También leía a mis colegas a regañadientes porque escribimos en difícil y esperaba los miércoles para leer mi columna Más allá de la coyuntura en el periódico La Razón. Me fijaba en mi propio estilo y en algunos horrorcitos de redacción y también en las fallas inevitables, del duende de la imprenta, como decía el doctor Juan Antonio Morales. Recuerdo que cuando le hice notar una vez a la Directora de La Razón, le dije que no se preocupara por el duende de la imprenta, pero ella me respondió: Si ocurre otra vez le mandaré un memorándum al duende. ¿Qué será ahora del duende? ¿dónde se irá? Me preocupa el duende.
Recuerdo cuando era profesor de Introducción a la Macroeconomía y les pedía a los alumnos que cada clase me traigan un recorte de un periódico para hacer un álbum que entregarían antes de hacer el examen final. Y así fue, todas las clases comentábamos una nota del periódico y cuando llegó la hora del examen, todos estaban con su álbum de recortes en la mano. Entonces les dije que no era requisito para el examen final, sino una práctica para leer.
Bueno, para consuelo están los periódicos digitales, pero me disculpan: No es lo mismo. En Chile, La Tercera de la Hora que no dejó el medio impreso en plena epidemia, porque decían que incluso los periódicos contagiaban y me daba pena rociarlo con desinfectante. Sin embargo, cuando volví a Chile, la señora que atendía el quiosco de periódico se rio de mí cuando le pedí un lunes La Tercera, me dijo que desde hace seis meses solo se vende los sábados y domingos, na que ver. Este sistema sigue funcionando con La Tercera y me parece que era una salida salomónica, que los periódicos en problemas podían haber intentado como una opción.
Independientemente de la línea ideológica ni de quienes están como financiadores, me dolió cuando Pagina Siete no volvió a salir y ahora con la noticia en las redes de que este domingo 1 de septiembre dejará de salir en medio impreso La Razón. Es tan equivalente a una nota necrológica de alguien muy cercano y querido, incluso pensé “chau columna Más allá de la coyuntura”, porque no es lo mismo, aunque me critiquen. Soy conservador con relación a las nuevas tecnologías, por eso este “adiós impreso”.
(*) Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista







