El Instituto Nacional de Estadística (INE) de Bolivia informó días atrás una notable disminución en la tasa de fecundidad, dando a conocer que, en los años 60 y 70, cada mujer tenía un promedio de 7,5 hijos, y en esta última encuesta la cifra cayó a 2,1 hijos por mujer.
¿A qué se debe esto? Pues existen algunas explicaciones por parte de las autoridades. El director del INE, Humberto Arandia, atribuye esta situación a los efectos de la pandemia (COVID-19), donde se ha observado un aumento en la cantidad de divorcios, un aumento en la tasa de convivencia en lugar del matrimonio, que han provocado cambios notables en las dinámicas familiares. Por otro lado, el exviceministro de Autonomías Fabián Yaksic menciona que puede ser porque no hay nacimientos, porque estamos muriendo o porque la migración nos está afectando. Asimismo, el alcalde de la ciudad de La Paz, Iván Arias, analizó que existe un cambio en la percepción de los jóvenes, puesto que no quieren tener hijos o los tienen tardíamente.
Y ese es el punto al cual quiero llegar. La juventud de la generación Z o centennials, nacidos entre mediados de la década del 90 y 2010, son el grupo que cada vez se inclina más en no tener hijos, porque se hicieron conscientes que para ser madres o padres no basta con solo amor, no es suficiente romantizar la maternidad o la paternidad, se necesita algo más para darles una mejor calidad de vida a los hijos. Por ello, al ser una juventud más consciente de la realidad social, saben que traer un hijo al mundo implica responsabilidad, dedicación y sacrificio. Situación que las y los jóvenes no estarían interesados en adquirirlos, porque están ocupados en su crecimiento personal, se centran en consolidar su independencia, en aprender nuevas cosas, viajar, salir con amigos, leer, tener tiempo disponible para ir en busca de nuevas aventuras, aman su libertad y prefieren tener mascotas. Pero también es imprescindible señalar que es una generación temerosa, porque, al contrario, si tuvieran hijos, el tiempo les faltaría, dormirían menos, escucharían llantos, tendrían que cambiar pañales, ir a reuniones de padres de familia, su economía tendría que velar por el bienestar del bebé, y sobretodo ser conscientes de que tendrían a un ser humano que depende completamente de ellos.
La juventud de ahora es consciente de los constantes conflictos sociales, económicos y medio ambientales que vivimos, no solo en Bolivia sino a nivel mundial, y traer hijos a una sociedad tan inestable y tan problemática es traer hijos a un futuro incierto. Entonces, es bueno que la juventud se plantee su forma de vida, siendo madres y padres o simplemente no serlo.
En ese marco, es importante reflexionar que la nueva generación se ha convertido en un agente de cambio social, rompiendo estructuras que se han consolidado a lo largo de la historia con imposiciones mucho más fuertes para las mujeres, como el hecho de seguir el guion de casarse, tener hijos y conformar una familia feliz; sin embargo, al romper esta estructura se ha estigmatizado negativamente tanto a mujeres como a hombres; el ser madre o padre definitivamente tiene que ser una decisión madura y no una obligación. Evidentemente seguimos viviendo en una sociedad machista y patriarcal, porque se sigue apostando al mito de que una mujer se realiza en tanto y en cuanto sea madre, y de que si no eres padre no eres hombre, y esto es totalmente una postura inválida, porque no se nace con la vocación de la maternidad o la paternidad. Por lo tanto, debemos desmitificar esa idea y, más al contrario, normalizar y respetar la decisión de querer o no querer tener hijos.
Leydi Lizeth Choque Calderón es socióloga alteña.







