La política doméstica bajó un poco de intensidad estos días con el anuncio de la suspensión del bloqueo de caminos por parte de Evo Morales. Son buenas noticias, pues andamos aburridos de tanto lío, pero habría que ser inocentes para creer que durará mucho tiempo.
Entretanto, quiero volver al escenario dantesco que ofrecen los incendios, que son el verdadero problema de la nación. En lugar de estar viviendo con indignación el escándalo que significa someter al país a respirar literalmente cenizas, estamos en una suerte de naturalización de un problema de mucho calado.
Mientras el bosque arde, en el occidente tenemos la cabeza llena con la pelea del MAS y sus resultados: ¿quién ganó y quién perdió? Perdimos todos, sobre todo el movimiento popular. Sépanlo.
En el oriente, donde están los incendios, ¿qué pasó? El 24 de septiembre Santa Cruz estuvo de aniversario. La celebración no se compadeció y mucho menos se frenó por el llanto desesperado de los alcaldes de San Rafael y Montero, cuyos municipios están siendo devorados por las llamas. De hecho, en medio de la tragedia, en la serenata que brindó la Alcaldía cruceña y también en la inauguración de la Feria Exposición de Santa Cruz, hubo… montones de fuegos artificiales.
Recuerdo que el evento “Respira” (realizado en La Paz), trajo mucha indignación a los internautas, especialmente cruceños, que con razón criticaron la banalización de la muerte de la flora y fauna provocada por los incendios; pero francamente no encuentro muchas diferencias entre esa falta de tino y el hecho de que, en medio de la peor crisis ambiental de nuestra historia, se disparen fuegos artificiales al cielo más contaminado de América.
El próximo miércoles se presenta un informe de OXFAM que titula “A fuego y mercurio”. Tiene un capítulo dedicado al “agronegocio y la ganadería”. Les anticipo que sus datos provocan dolor de estómago a cualquier que le tenga un poco de cariño a la vida.
El problema es mucho más estructural y grande de lo que imaginamos y cuenta con el amparo de sector público, del sector privado, de los pequeños y de los grandes.
OXFAM nos advierte que el 97% de la deforestación se debe a la ampliación de la ganadería y el agronegocio; este último ha visto crecer sus rentas de forma histórica, pero solo el 2% de sus ingresos se destina a impuestos para el Estado, a un aporte a la colectividad. Este monto no alcanza ni por asomo para cubrir los 300 a 350 millones de dólares anuales con los que todos los bolivianos subvencionamos sus carburantes.
Tenemos, entonces, que un negocio que exporta más de 3.000 millones de dólares al año es subvencionado con recursos públicos, ¡qué despropósito! Pero este es solo el inicio. El 55% de los campos que hoy presentan focos de calor son tierras de propiedad agroindustrial, así que estos “educados” propietarios son igual (o peor) que “los otros”; se han beneficiado como nadie de las llamadas “leyes incendiarias” y encima no cumplen con ninguna de sus responsabilidades para con el país: queman y no pagan el precio que significa para el erario público sus quemas ni en salud, ni en políticas medioambientales, ni en daños a las comunidades indígenas, ni en emigración, etc.
De hecho, cuentan con un Estado que básicamente los está fomentado. O peor, que le está pagado por hacerlo. ¡Qué escándalo!
Los impuestos por importación de maquinaria están en cero, la recaudación de impuestos es ridícula, no existe ninguna exigencia para la repatriación de las divisas y ni hablar de un impuesto específico a las exportaciones.
Más datos: resulta que el 10% de nuestro fondo de pensiones, que es más o menos 2.500 millones de dólares, está invertido en el sector agroindustrial, ganadero y azucarero. ¡Están deteriorando nuestras condiciones de vida, con nuestro propio dinero! No solo los financia el Estado a través de subvenciones, también el sistema financiero (público y privado) con créditos.
En 2023, el 64% de los créditos bancarios, con una tasa del 5% aproximadamente, se concentró en ocho empresas soyeras. El dinero de los bancos, que al final es de la gente; las divisas no devueltas a los ahorristas, se están invirtiendo en la piromanía. Ah, pero ellos le llaman desarrollo, dígase “modelo cruceño” o “comunitario y productivo”.
Desde 1985, en Bolivia comienza una gradual pérdida de bosques que se acelera en 2016. No hubo qué frene este desastre, como explica el informe de OXFAM. Los incentivos económicos para el desmonte son fantásticos. No hoy moral o legislación que alcance a detener este crimen contra la vida.
Hay otro capítulo sobre minería, del que hablaremos más adelante (un dolor a la vez).
Susana Bejarano Auad es politóloga y periodista.







