Como una promesa, así veían mis padres y abuelos al país adonde fueron a parar sus hijos y nietos hace más de medio siglo: Estados Unidos. Mi abuelo estuvo entre los primeros en firmar el libro de visitas que abrió el Consulado americano, en Cochabamba, para conmemorar el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, y mi papá pasó a escuchar a diario la Voz de América y a leer con avidez los artículos de Selecciones del Reader’s Digest. Ambos admiraban a Estados Unidos por sus conquistas tecnológicas y por su democracia política, pero, sobre todo, porque creían que la potencia emergente auspiciaría un futuro más justo para Palestina, sujeta, desde la Declaración de Balfour, a la política canallesca del gobierno británico. ¡Ay, cómo se equivocaron!
Mi abuelo murió con la esperanza aún viva; papá, en cambio, la fue perdiendo a medida que Estados Unidos dejaba claro que era socio en los crímenes que perpetraba Israel contra Palestina y que, bajo cualquier circunstancia, y por sobre todas sus declaraciones en contrario, seguiría apoyando con armas, bombas y dinero el designio sionista de usurpar tierras, cercar, expulsar, torturar, asesinar y, si es posible, sepultar la idea de un Estado palestino. Pero ni mi padre ni mi abuelo podrían haber imaginado entonces que, en el escenario de la posguerra, Estados Unidos e Israel formarían la pareja perfecta para poner la ciencia al servicio del terror y el crimen, como en el extraño caso de Jekyll y Hyde, reflejando mutuamente el rostro obsceno que se pensaba sepultado con el nazismo.
¡Ah! si papá supiese que el gobierno de Estados Unidos, hoy encabezado por una momia, como conviene al Reino de la Muerte, preside el genocidio en Gaza, seguramente sentiría náuseas de solo ver la antigua cuna de estadistas y justicieros, hollywoodianos o no, convertida en antro de políticos descarados y pistoleros de verdad. Y clamaría al cielo para que la sangre de los niños masacrados en Palestina caiga eternamente sobre la memoria del ejército más cobarde del planeta, ansiando con toda el alma, como incontables familias ahora, que Netanyahu, Biden y sus abominables cómplices se extingan abrasados para siempre en el séptimo círculo del infierno.
Desde que fallecieron mis padres, nada ha cambiado en Palestina, pero hoy ya no es posible tapar la cara de Hyde y Jekyll y continuar avivando el recordatorio del holocausto judío sin que se levante, a su lado, otro memorial con todos los nombres y apellidos de los hombres, mujeres y niños palestinos masacrados cruelmente por el Estado de Israel. Y tampoco cabe más que la máquina poderosa, que acusa y rememora justa e incesantemente los crímenes cometidos por el nazismo contra los judíos, no divulgue también, con la misma perseverancia e igual justica, el exterminio de palestinos a manos de su nueva versión en Tierra Santa. Solo así será posible reconocer, en su plenitud, el ciclo de horror y muerte que inició Hitler y que hoy prolonga la pareja perfecta.
Antonio Mitre es historiador graduado de la Universidad de Columbia, EEUU.







