Hace días atrás se conmemoró el Día de la Mujer Boliviana, un día que nos sirvió para pensar y reflexionar de todo lo que está pasando en nuestro país Bolivia en torno a las mujeres, debido a que se puede evidenciar que actualmente existen grandes retrocesos en los avances que ha tenido la lucha que encaminaron y enfrentaron las mujeres a favor y en busca de los derechos que históricamente fueron conquistados. Por mencionar algunos, el derecho al voto en el año 1952, el derecho a elegir y ser elegidas, el derecho al trabajo con igualdad de remuneración, el derecho a vivir sin violencia, entre otras reivindicaciones.
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Por mucho tiempo, en la historia, las mujeres han sido relegadas, invisibilizadas y tiradas a menos en comparación con los hombres en los espacios privados y con mayor énfasis en los espacios públicos, pero las luchas y las movilizaciones se han consolidado como el pilar fundamental para fortalecer y conquistar varias reivindicaciones con el objetivo firme de consolidar el respeto y cumplimiento a todos los derechos que tienen las mujeres, porque no se puede permitir vivir bajo una cultura de dominación, miedo, sometimiento y violencia que trae consigo sufrimiento para los sectores vulnerables.
Pero toda esa lucha, en esta coyuntura actual, está siendo absorbida por la mala práctica de la política boliviana, que está pisoteando a las mujeres sin piedad y de la manera más peyorativa posible, tocando a las niñas de la manera más atroz y usando el poder para tomar y usar a las mujeres, cual si fueran objetos de uso y desuso según sus conveniencias y placeres, logrando mostrar mediáticamente que las mujeres son sinónimo de objeto sexual y esto genera un linchamiento social y digital al cuerpo de las mujeres que lleva consigo una marca que será difícil de deshacer.
Por lo que, planteo, que el patriarcado está volviendo a tener fuerza significativa, poniéndose otra vez en el lugar de superioridad. Tal aseveración se basa en los hechos concretos del manejo de la política que ha sido encabezada gestión tras gestión por lo masculino, que está haciendo y deshaciendo los cuerpos de las mujeres niñas, jóvenes y adultas, usándolas para sus enfrentamientos políticos partidarios, cual si fuera una estrategia electoral que tiene como finalidad la destrucción de unos a otros, develando su grado de miseria porque, para los actores políticos, pareciera un espectáculo. No se están dando cuenta del gran daño que están ocasionando a la edificación de todas las luchas y reivindicaciones que han enfrentado las mujeres. O, hipotéticamente podemos decir que es ese su objetivo, fracturar la lucha de las mujeres dañando la imagen e integridad para quitarles sus espacios conquistados y ellos vuelvan a ocupar la totalidad de sus espacios de privilegio.
La política boliviana está en su peor momento, con un bajo nivel de debate, con malos argumentos, con acciones nefastas, con actitudes machistas, que no se manejan en el marco del debate sano y propositivo para salir de las multicrisis que estamos atravesando en nuestra sociedad. Más bien se dedican a desmantelar una novela con un guion mal hecho, que daña a las mujeres en su expresión más reprochable.
Por lo tanto, es una realidad muy clara que los actores políticos están cosificando, utilizando y menospreciando el cuerpo de las mujeres, y es urgente que analicemos el fondo del problema, porque todas estas connotaciones sociales y políticas tienen un esquema de reproducción de comportamiento delincuencial, ya que se dirige el foco a cuestionar la dignidad y capacidad de las mujeres, y se estaría conduciendo a normalizar la violencia. Es muy grave lo que está pasando en Bolivia y en este punto enfatizamos con respecto a las mujeres; por ello, es imprescindible profundizar el debate y las acciones para recuperar la democracia en plenitud, porque no es permitido ni negociable seguir dando pasos atrás con relación al largo camino de lucha histórica de las mujeres bolivianas.
(*) Leydi Lizeth Choque Calderón es socióloga alteña







