De cara al tan esperado Congreso Plurinacional de Educación, la comunidad docente en Bolivia se enfrenta a un escepticismo persistente y justificado. Muchos profesores, conscientes de los desafíos estructurales y contextuales, se cuestionan con desconfianza cuáles serán los cambios reales que este evento pueda traer para la educación. En las últimas décadas, los maestros han trabajado bajo un andamiaje de “las políticas educativas enmarcadas en la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez fueron una contundente apuesta por el fortalecimiento del magisterio” (Justiniano, 2024). Es un modelo que, aunque con intenciones de transformación, ha sido insuficiente para responder a las complejas y diversas necesidades del aula.
Existe una percepción extendida de que este congreso podría caer en el formalismo, un escenario en el que, aunque se presente una retórica de cambio, las decisiones ya estarían prediseñadas, limitando una participación genuina de la base docente. Históricamente, los profesores han levantado la voz y han expuesto las necesidades reales de la educación boliviana, pero, en muchos casos, sus aportes han sido proscritos o no respetados en la toma de decisiones. Así, como señala una década docente “para muchos profesores, el trabajo y sacrificio de haber aportado e la organización curricular de los contenidos y de haber revisado las normativas que mejore la calidad, no parecen haber servido para generar una transformación significativa en el sistema” (Martines, 2024).
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Esta realidad ha generado una pérdida de confianza, una especie de resignación en la cual muchos profesores ven al Congreso como “más de lo mismo”, una instancia que, si bien promete cambios, termina reforzando un statu quo. Desde esta perspectiva, el ciclo de exclusión y formalismo en la toma de decisiones educativas limita el cambio y afianza las desigualdades estructurales, profundizando la crisis de un sistema que requiere una transformación profunda. Inspirado en las ideas de Louis Althusser, es imperativo considerar una pedagogía comunitaria revolucionaria, que, al involucrar genuinamente a los docentes y a la comunidad, desafíe la reproducción de la ideología dominante y proponga una educación auténtica, que responda a las necesidades y contextos locales.
Así, el dilema sigue vigente: si quienes han estado al frente de la educación continúan desoyendo el clamor de los profesores por una educación auténtica que responda a las necesidades locales, ¿no estarán transformando la educación en una mercancía más, al estilo de los modelos del modelo? ¿Más mercantilistas, que valoran más las apariencias de cambio que el cambio mismo?
Este Congreso Plurinacional debería ser una oportunidad para repensar este modelo y hacer de la educación un verdadero bien común, comprometido con las realidades y esperanzas del país, en lugar de un proceso politizado que se desvía de las demandas y contextos de los profesores y estudiantes en el ámbito nacional.
¿Estamos realmente dispuestos a transformar la educación en Bolivia o continuaremos inmersos en un modelo que ignora a quienes sostienen la educación día a día?
*Rene Crispín Khapa M. es docente de la especialidad Educación Primaria Comunitaria Vocacional.







