Antes que hubiera escritura se necesitaban personas que transmitan la información de los pueblos en forma oral; desarrollada ésta, hubo necesidad de personas que pudieran escribir para garantizar la transmisión de información que, en mayores escalas, no podía confiarse a la limitada memoria humana; cuando apareció la imprenta, desapareció el oficio del escribano. A raíz del desarrollo de las grandes ciudades, de nuevas formas de producción y trabajo (industria y burocracia), se hizo necesaria una nueva institución, la escuela, que transmitiera masivamente la información considerada necesaria para la época (instrucción) y afirmara en los ciudadanos las identidades de las naciones estado recientemente creadas, a través de ritos cívicos, narraciones de héroes y enemigos (ideologización). En esa sociedad moderna, que dejaba atrás la organización feudal, surgieron nuevos oficios y profesiones; una de ellas la del maestro, a quien se encargó cumplir con ambas tareas: ser el depositario y transmisor de la información y ser el modelo del ciudadano moderno.
Hoy que la información es mucho más accesible en diversidad de soportes y en cantidades exorbitantes, con herramientas capaces no sólo de procesarla sino de generarla; hoy que las identidades nacionales se exacerban como reacción a una ineludible convivencia e interdependencia global; hoy que la modernidad misma muestra claras señales de desmoronamiento, que es evidente el surgimiento de un nuevo orden mundial y un cambio de época, ¿qué sentido tiene pensar en que la escuela, con el mismo formato moderno, sobrevivirá a estos cambios?
La educación —que no es lo mismo que la escuela—, como lo hizo a lo largo de todas las etapas de la humanidad seguirá estando presente, pero su formato no necesariamente será el de esta escuela que tenemos desde hace apenas dos siglos.
Es propio de los seres vivos el cambiar, es propio de los sapiens ajustar nuestras instituciones y sus prácticas a las nuevas narraciones o comprensiones de la realidad (Harari, 2024). No tiene sentido aferrarse a lo que ya muestra signos claros de anacronismo. Ciertamente no será mañana que esto suceda, pero es necesario comenzar a plantearnos ajustes estructurales en la educación escolarizada, en la educación formal, para no vernos en un futuro cercano obligados a copiar, con escasas adaptaciones, soluciones pensadas desde y para otros contextos.
Esta podría haber sido idealmente la tarea del proceso preparativo para el Congreso Plurinacional de Educación: re-pensar la educación, re-formular el formato de la escuela para el nuevo contexto social, local, plurinacional y global. Los escasos insumos generados, principalmente por instancias ajenas a la que estaba llamada a hacerlo, para este evento coinciden en una sospecha generalizada sobre la educación escolar que, pese a su universalización, no logra cumplir con la promesa de educar, porque su forma de organizar, administrar y desarrollar los procesos educativos se ha enajenado del encargo social recibido, debido a que la sociedad misma ya ha cambiado.
Del 25 al 29 de noviembre, en Tarija, se desarrollará el congreso. Por la forma en que ha sido pensado y organizado, todo apunta a que no sólo no alcanzará a abordar temas estructurales, sino que no propiciará siquiera el abordaje de temas urgentes como los que vinimos señalando desde esta columna.
Arropado por la falta de atención de la sociedad boliviana, centrada en la compleja e integral crisis por la que pasa el país, el congreso pasará con la desatención que los organizadores esperaban, a menos que entre los convocados surjan ideas y voces que lideren un redireccionamiento de esta importante oportunidad para hacer algo por una verdadera educación de calidad como derecho de todas y todos, destemplando así la tibieza de los organizadores y de los intereses sectoriales que se quiere preservar. Si ello no ocurre, lo probable es que lo único que quede del congreso educativo sean las fotos de organizadores y participantes sonrientes por haber tenido la oportunidad de visitar la chura Tarija.
Luis Fernando Carrión Justiniano es educador e investigador boliviano.







